La agricultura en manos campesinas

FedericoGrandeHoy, agricultores en todo el mundo observan como la misma agroindustria que les vende los nocivos agroquímicos se ha transformado, pintándose de verde, para vender la nueva matriz biológica ofreciendo una impresionante gama de productos “bio”, que no son otra cosa que bio-agro-insumos.

¿Qué significa este cambio para el agricultor? Significa que ahora le ofrecen 6 en lugar de media docena. La tecnología continúa en manos ajenas, no se le permite comprenderla, mucho menos poseerla ni modificarla. Es más, ahora es más cara, pues para que se le reconozca como orgánico, biológico, biodinámico, natural o cualquier otro adjetivo de los que hoy en día están de moda, el agricultor tiene que pagar a un abogado, llamado “certificador”, para asegurar a los consumidores que realmente es orgánico. Además, en la mayoría de los casos, el certificador le exige comprar agro-insumos orgánicos c-e-r-t-i-f-i-c-a-d-o-s, pues el culo de su vaca seguramente no tiene el indispensable código de barras certificado para elaborar su propia composta.

La buena noticia es que miles de campesinos, agricultores, pequeños y grandes productores alrededor del mundo han entendido el juego y saben que para librarse de este círculo vicioso tienen que estudiar y convertirse en científicos de sus propias tierras y adueñarse de la tecnología que utilizan.

Esta nueva generación de agricultores, jóvenes y no tan jóvenes, estudian para evaluar la salud de sus tierras con el método de la cromatografía, saben identificar, extraer, reproducir e inocular sus suelos con microorganismos locales benéficos, promueven el desarrollo de humus con compostas y abonos verdes elaborados por ellos mismos, modifican maquinaria y la convierten en apropiada para regenerar sus terrenos de cultivo, pastorean inteligentemente su ganado para beneficiar sus praderas, manejan de manera óptima los recursos que ofrecen sus tierras y gestionan la topografía de sus fincas con la intención de cosechar agua y tierra. De esta forma capitalizan año a año la energía del sol, transformada por sus plantas y potenciada por sus animales y sus propias acciones.

Este “nuevo modelo” está ocurriendo en fincas que hoy son económicamente rentables, ecológicamente respetuosas con el medio ambiente y socialmente justas. Además promueve el bienestar de los agricultores, elevando considerablemente su calidad de vida y autoestima, la de sus familias y comunidades, al tiempo que beneficia y embellece al paisaje y regenera la tierra, de aquí el término de agricultura regenerativa.

Por si lo anterior fuera poco, el consumidor final, sea rico o pobre, tambibesulta bo sea pobre, siblesbiol el consumidor final resulta beneficiado tambipo que la tierra se regeneramenta la fertilidad deén resulta beneficiado al tener acceso a alimentos orgánicos a precios a menudo menores que los convencionales, y desde luego mucho menores que los productos certificados europeos o norteamericanos.

Esta es la verdadera agricultura, sin mas adjetivos ni calificativos: el conocimiento y la tecnología en manos campesinas. Llegó para quedarse, llegó para beneficiar al que trabaja la tierras, al que, con su esfuerzo y conocimiento, incrementa la fertilidad de sus tierra, sabiendo que un suelo sano produce plantas sanas que producen animales y humanos sanos.

Agricultura versus Agroecología

 En Latinoamérica han aparecido diversas corrientes relacionadas con la agricultura orgánica. Entre otras, el Movimiento Brasileño de los Sin Tierra (MST) la Vía Campesina, el movimiento de campesino a campesino y la promovida por el incansable Jairo Restrepo Rivera, quien durante más de dos décadas, ha difundido el conocimiento de la agricultura sin veneno, sin otro interés que el de mejorar la calidad de vida de miles de agricultores y su familias.

Sin embargo, a la par, los norteamericanos gracias a la Universidad de Berkley entre otras instituciones, han promovido el desarrollo de la producción orgánica en Latinoamérica con el interés de importar a su país alimentos sanos de bajo costo (para ellos) utilizando para tal fin el conocido movimiento agroecológico.

El lado oscuro y menos conocido de este movimiento, es que en muchos casos induce a sus productores a la certificación, lo cual encarece el producto obligándoles a comercializarlo en los países del norte. Esto representa un sesgo en la producción, una especie de triaje por el cual solo aquél que tiene dinero puede comprar alimentos orgánicos; si es pobre, está obligado a comer alimentos convencionales, transgénicos y producidos con agro-venenos. Si esto no es fascismo entonces ¿qué es?.

Con este modelo un agricultor latinoamericano produce tomates certificados a un costo de producción de 3 dólares el kilo y lo tiene que vender al mercado certificado por 3.5 dólares para tener un mínimo margen de ganancia. Lo irónico es que él, con su pequeña ganancia, se ve obligado a comprar tomates convencionales envenenados. Y esto ocurre cuando, fuera del circulo vicioso de la certificación, los costos de producción de un tomate orgánico son la mitad que los de uno convencional.

Por lo anterior el grupo Mashumus se mantiene al margen de todas las organizaciones e iniciativas que promueven la producción mañosamente llamada agroecológica enfocada a la exportación de productos a otros países, en lugar de abastecer los mercados locales en primera instancia.

Mientras que la revolución verde aún proclama que sus métodos son indispensables para producir alimentos en grandes cantidades, existen miles de agricultores en todo el mundo demostrando lo contrario.

Cada vez son más los productores que, debido al elevado costo de los agroquímicos, dejan de utilizarlos y empiezan a producir sus propios insumos a partir de los recursos que tienen a su alcance. Los efectos son notables y ocurren en pocos meses, las tierras recuperan su fertilidad, aumenta considerablemente su capacidad de infiltrar y retener agua, se incrementa la recarga de los acuíferos, la producción crece, los costos de producción se reducen en algunos casos más allá del 50% y cesa la contaminación del suelo, el agua y el aire.

Con todo esto, el agricultor o ganadero puede obtener mayores ganancias sin necesidad de elevar el precio de sus productos así que, cualquier persona, rica o pobre, puede tener acceso a alimentos sanos que no fueron envenenados con productos agroquímicos.

Tal es el caso del mexicano Alejandro Chávez, quién en sus más de 100 hectáreas de aguacate mantiene su suelo cubierto con tal diversidad de plantas que es capaz de infiltrar toda la lluvia que cae, por lo que no necesita riego. Además, produce todos sus insumos con ingredientes locales, y no los compra de la industria. Todo esto redunda en un incremento en la producción de sus árboles, de los que obtiene de 18 a 20 toneladas por hectárea y puede vender los aguacates a bajo costo.

O como Federico Ramos que tiene una pequeña finca de media hectárea en una región semiárida de México, en una tierra extremadamente pobre y tristemente afectada por la violencia que aqueja el país. Federico produce nopales (chumberas en España) para vender y alimentar a su familia y a sus animales. También gracias a los bocashis, biofertilizantes, caldos minerales y microorganismos, ha hecho fértil su tierra y productivos sus melocotoneros, entre los que pastorea sus cabras. A Federico lo conocimos con un pie en el autobús para EEUU. Como tantos y tantos campesinos del mundo estaba a punto de convertirse en un desplazado rural. Hoy, tiene una vida digna y presume de tener el mejor biofertilizante de la región, que adereza con los melocotones que le sobran.

Recientemente recibimos una llamada de Federico en la que nos decía que a pesar del clima de extrema violencia en su zona, a él le está yendo bien, porque además de saber manejar bien sus cultivos, es respetado por compartir sus conocimientos en su región.

Queremos agradecer a todos los campesinos y productores que se atreven a cambiar de un modelo a otro, a liberarse del yugo de la industria, a quitarse el velo de los ojos para estudiar y conocer sus suelos, y que experimentan y mejoran las herramientas que les entregamos. Gracias a ellos nosotros aprendemos y trasladamos fórmulas mejoradas de un lugar a otro del planeta, donde quiera que haya campesinos que amen su tierra y quieran cuidarla y regenerarla.

 Raquel Gómez y Eugenio Gras, Máshumus. México, mayo de 2013.

 Palabras clave: biofertilizantes, keyline, cromatografía, Mashumus, cosecha de agua y tierra

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